El silencio de Madrid

Para mí el silencio de Madrid en estos días es abrumador. Me habla del inmenso desastre que creamos entre todos en esta ciudad frívola, sucia, ruidosa y sobretodo codiciosa. Gritábamos que éramos una ciudad abierta, acogedora, alegre y festiva, celebrábamos los grupos de turistas que como corderitos seguían la yincana establecida sin importarles cómo vivíamos, qué esperanzas teníamos y al volver a su país ni siquiera sabrían a qué lugar correspondería cada foto de las miles que habían hecho, igual que hacíamos los madrileños en Praga o Roma, dejando a nuestro paso sólo un rastro de monedas; acudíamos como papanatas a la exposición de turno o al musical de obligado cumplimiento pensando que era cultura, que éramos cultos; comprábamos sin cesar cosas que no necesitábamos y mirábamos por encima del hombro a quien no podía permitirse esos lujos; protestábamos, reclamábamos nuestros derechos burgueses como dignos habitantes del mayor burgo y cerrábamos los ojos ante las desgracias que habitaban bajo nuestras alfombras, bajo el Viaducto, en los dos minutos de rigor de las noticias. Pero bastante hacíamos porque además de todo eso, teníamos nuestros propios problemas y reciclábamos y éramos buenos con el vecino, y educados y comprábamos productos ecológicos y otras tantas cosas por internet porque éramos muy entendidos, y educábamos a nuestros hijos en ¿valores?, y reclamábamos ¿valores? para nuestro barrio, y nos tomábamos nuestros vinitos y cervecitas con los amigos con muy buen rollito, todos con el mismo rollito madrileño. ¿Qué más se nos podía pedir?

Y llegó el virus y el silencio, y esa compañera de despacho que ha vuelto del hospital con graves secuelas, mientras su padre moría en una residencia, y esa médica que terminada la carrera se ofreció como voluntaria y acudió al hospital con ilusión y un mes después ha aprendido a decir a los familiares que su padre o su hermano va a morir solo. Y sabemos que los que sobrevivamos lo tendremos difícil con la crisis que ya ha empezado porque un bichito nos ha hecho elegir entre economía y vida. Y andamos con un pie en un lado y otro en el otro.

Aquí en mi calle la gente aplaude y canta, incluso hacen fiestas de balcón a balcón y creen que así pueden mantener el control, que así todo volverá ser como antes. Y es que hay mucha gente que espera que todo vuelva a ser como antes. En El País hablan de cuando vuelva la normalidad.

Yo no quiero que vuelva la normalidad, ni el ruido de los bares, ni de los coches, ni la contaminación, ni siquiera pienso en recuperar mi espacio de confort aunque sea con heridas. Sólo espero entender cómo esto ha de suponer un final de algún modo, un cambio radical, porque si ese “antes” vuelve, toda esta angustia habrá sido en vano y volveremos a la ciega carrera de la depredación que nos llevará a un desastre mayor. Y con ello volverá el ruido que sustituirá al silencio que ahora agradecemos, nos sorprende e interroga.

La peste negra trajo el Renacimiento, toda una revolución, ¿no nos va a dejar nada bueno el Covid19? ¿Seguiremos centrándonos en nuestras pequeñas preocupaciones hasta que todo vuelva a estallar?

Algo tengo claro, que el turismo tardará el volver. Quién va querer por ahora hacer cola en vuelos low cost para visitar España, Italia, New York… y en ese tiempo tal vez podamos reflexionar, habrá que buscar nuevas actividades para salir del paso y en el trayecto tal vez este país encuentre algo más humano y natural para vivir.

Los que sí volverán serán los clientes madrileños de la juerga nocturna, no hay más que ver lo que hacen los que no han sido tocados por el virus, gritando y bebiendo en los balcones a todas horas. Los españoles lo arreglamos con cerveza.

No sé qué será lo siguiente, salvo la crisis.

Desde la acera veo que en las Vistillas han salido champiñones, el pan y quesillo de los olmos ha dejado paso a los brotes de las hojas, hay verdes oscuros, tiernos, brillantes, un festín de color. De tanto en tanto puedes ver una pareja de herrerillos, pequeños y azules, se escucha a los gorriones, las currucas y a los petirrojos que han vuelto. Vencejos y aviones vuelan sobre nuestros tejados y si das una bocanada de aire llenando los pulmones parece que pudieras tragarte el aire de la Sierra. Sé que ahí está la esencia del cambio que espero. Pero cada vez que paso junto a las Vistillas, a su verde y sus cantos, me pregunto si nosotros nos merecemos volver”.

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